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Arte y Cultura
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Introducción
Orígenes
Ciudad y Piratas
Cronología Histórica
Mitos y Leyendas
Independencia de Guayaquil

A continuación se relatan historias que se vienen contando desde los inicios de la ciudad, la veracidad de éstas está por comprobarse, pero sus relatores afirman que así sucedieron los hechos.

Historia de Piratas

Los ataques piratas han dado origen a incontables leyendas del Guayaquil colonial. Una de ellas es que en 1709, 110 corsarios al mando de Woodes Rogers y Stephen Courtney (el famoso William Dampierre, "el pirata literario", que ya había estado en Guayaquil integraba también el grupo), entran en Guayaquil y se presentan como "negreros", y al ver el miedo dibujado en el rostro del corregidor, Jerónimo de Boza y Solís, no sólo exigieron 40,000 pesos de rescate por dos rehenes que se llevaron, sino que se entregaron al pillaje durante cinco días, llegando a acumular 60,000 pesos en joyas y dinero a más de una enorme cantidad de víveres y objetos.

Otra historia que nace de la ciudad es que el primer Buque a Vapor de Sudamérica fue construido en Guayaquil.

Hace 164 años, un 7 de agosto de 1840, en medio del alborozo popular, tenía  lugar la ceremonia de botadura del “Guayas”, primer buque de vapor construido en América del Sur.  La estructura era de maderas selectas y el casco estaba forrado íntegramente de cobre, desplazaba 100 toneladas con una máquina importada desde los Estados Unidos.

El evento revistió caracteres épicos y la ciudad entera vio con regocijo el inicio de una nueva página de gloria para esta esforzada comunidad y para quien entonces la lideraba, el ilustre patricio guayaquileño Don Vicente Rocafuerte.

 ¿Quién es la Dama Tapada?

Cuentan que antiguamente en el sector norte de la ciudad, cerca de la antigua iglesia de Santo Domingo los trasnochadores no podían caminar por este sitio pasado la media noche.

Hubo quien aseguró haberla visto a corta distancia, y explicó que se trataba de una dama vestida toda de negro a la usanza del luto de aquel tiempo, y cuyo traje se complementaba con una espesa manta de igual color, tras la que ocultaba su rostro, mientras se acercaba insinuantemente a los parranderos que por desgracia se encontraban con ella.

Más de uno aseveró haber visto aquella dama sin el velo y en el lugar que debía ocupar un bello rostro se presentaba la blanca y pálida faz de la muerte.

Una respuesta al Rey de España fue la que dio origen a que nos llamarán “monos”

Muchas versiones corren en el suelo patrio, sobre por qué a los guayaquileños les dicen “monos”, pero ninguna como la del historiador guayaquileño Don Gabriel Pino Roca, plasmada en sus “Leyendas, tradiciones y páginas de historia de Guayaquil”.

Hacia 1693 era soberano de España Carlos II.  Desquiciado y entregado a prácticas piadosas, creía ser víctima de maleficios infernales, por lo que se despreocupó de los asuntos del reino, y encargó de todo a su madre y a su favorito.

Tratando de hallar alivio para sus males, Carlos II se refugió en la compañía de ciertos animales que tenían enjaulados en una sala del palacio.  Supo un día que, allá en sus remotas tierras del nuevo mundo, había curiosos animales llamados monos, que podrían formar parte de su colección.

Es así que en 1765, envió un pedido en un galeón que llegó a Guayaquil, solicitando dos ejemplares.  Se echó a volar por calles y plazas la petición del Rey, mientras las damas guayaquileñas comentaban “El bueno soberano quiere monos que lo diviertan”.

Las autoridades pasaron oficios a todos los tenientes y cartas a las haciendas de Baba, Puebloviejo, Palenque, Pimocha, Balzar, Yaguachi, Daule y Balao.  Duró la persecución treinta y cinco días.

En la plaza de Santo Domingo, un jurado especial compuesto por el Corregidor, el Depositario General y el Alguacil Mayor, estuvo encargado de examinar los dos mejores representantes de la especie, pues moraban cerca de 30 variedades en estas tierras.  Resultaron electos dos ejemplares de elevada estatura y reluciente pelaje negro, con la excepción de un cuello blanco, a modo de collar. A fines del año partieron los agraciados a España en un barco.

Está por demás decir que Carlos II quedó encantado con los monos.  Novelero, instaló dos jaulas para ellos y los alimentaba personalmente, riendo con los saltos y gracias de los animales.  Cierta tarde, casi al anochecer, el desventurado monarca fue víctima de una crisis nerviosa, y desquiciando echó a correr dejando puertas y jaulas abiertas, para refugiarse en su oratorio.  Mas ocurrió que uno de los monos, encariñado con su amo, lo siguió hasta la capilla.  Carlos II no lo vio y el mono trepó al altar hasta situarse sobre la imagen del Redentor.

Al incorporarse el monarca, clavó los ojos en el crucifijo y aterrorizado empezó a gritar: “El diablo, lo he visto, lo he visto allí”.  Los guardas acudieron en su ayuda y al encender la luz del farol se echaron a reír sin parar: “vuelva en si su Majestad, es el mono de Guayaquil que ha fugado de su encierro.”  Mientras el mono rechinaba los dientes y se rascaba la barriga, el Rey no oía, había perdido el sentido y pasó días con fiebre alta.

La noticia se esparció rápidamente y el ridículo incidente dio pie a que la gente del palacio dijese en adelante, cada vez que a la Corte llegaba algún guayaquileño “Cuidad del Rey señores, que ha venido un mono guayaquileño y puede causarle algún espanto”.  Pasó el tiempo y algún vecino trajo el comentario hasta América, y desde entonces se da el apodo de “monos” a los nativos de Guayaquil.

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